EL NORTEAMERICANO HO HABLA CASTELLANO PARA NO TENER QUE INVITAR
Entre quedarme el fin de semana repasando mis cursos de idiomas y salir de paseo, evidentemente opté por lo segundo. Claro que la responsabilidad me respaldaba pues había tenido la buena fortuna de adelantar en algo mis repasos en la semana que pasó, a sabiendas que era muy probable que el fin de semana no pudiera estudiar pues tenía esta invitación a salir. En efecto, el fin de semana fue propicio para romper la rutina y salir de paseo al campo, la invitación estaba hecha para visitar el restaurante campestre que un amigo de mi profesor de inglés tiene por allá. La idea era ir con algunos compañeros de la clase de idiomas que también saben disfrutar de estos días al aire libre. Nos reunimos en la casa de Johnatan, nuestro profesor de inglés. Allí nos esperaba junto a Nick, su amigo, un norteamericano que hablaba muy poco castellano, pese a que ya tenía varios años en España, trabajando como inversionista en diversos sectores, en este caso el turismo. Pero es que así son algunas personas, por más que se la pasen en un país donde se hable determinada lengua, nunca llegan a aprenderla del todo, al menos en un nivel que le permita hablar fluidamente sin esas típicas lagunas mentales que lo hacen a uno detenerse a buscar palabras en su reducido vocabulario extranjero.
Una vez reunidos todos, partimos rumbo a las afueras de la ciudad, poco menos de una hora de camino nos separaba de nuestro destino. Éramos un total de seis personas los que viajábamos en la gigantesca camioneta de Nick, casi no llevábamos nada, excepto nuestros trajes de baño para hacer uso de la piscina. Al menos yo, salí ya con la ropa deportiva puesta y una salida de baño además de la toalla y ya en el restaurante campestre, reparé en el hecho de que olvidé algo muy importante: el repelente contra los mosquitos. En efecto, y al día siguiente me arrepentí aún más, pues fui presa fácil de estros insectos, sobre todo en el área de las piernas, desamparadas por unos pantalones cortos que inocentemente buscaban aliviar el calor de la zona. Las ronchas no tardaron en aparecer y aún ahora me causan un tremendo escozor que ni la más irregular de las llaves es capaz de apaciguar. Pero volviendo a los acontecimientos cronológicos, debo decir que la llegada al restaurante campestre fue el domingo a eso de las once de la mañana y de frente nos fuimos a la piscina, el sol golpeaba con cierta fuerza y era momento propicio para un rápido bronceado y unos buenos minutos en la alberca del restaurante. De esta forma lograba sacarle el máximo partido a la reducida exposición solar y digo reducida porque no es recomendable estar más de treinta minutos al sol, ahora que los cambios climáticos son más ostensibles.
Luego de una hora de piscina, todos salimos con un hambre voraz del agua y de inmediato nos dirigimos al comedor principal donde el exquisito olor de los potajes nos recibía. Distinguí que una buena paella se anunciaba desde el fondo de la cocina, no podía ser otra cosa y lo más probable era que se iba a presentar en una fuente de considerable tamaño. En efecto, y lo mejor del caso era que se dirigía justo hasta nuestra posición. Qué buen gesto de Nick –pensé-, no esperó a que ordenáramos sino que nos invita esta buena paella. Mis pensamientos se fueron por donde vinieron cuando vi al mozo portador de la paella, pasar por nuestro costado sin mirarnos y rumbo a una mesa que estaba a unos metros más atrás de nuestra posición. Crucé miradas con Johnatan que al parecer pensó lo mismo que yo. El debía conocer mejor a su amigo, pero parece que no era así. En fin, tomamos asiento en una de las mesas y uno a uno fuimos ordenando lo que consumiríamos.
Al final del almuerzo estaba visto que el norteamericano no era muy generoso o que suscribía al pie de la letra la frase “no mezclar los negocios con la amistad”. Cada uno pagó su cuenta y luego fuimos a dar un paseo por los alrededores hasta que el sol fue cayendo. En el recorrido vimos bastantes animales domésticos entre conejos y gallinas y uno que otro mono de pequeño tamaño. Era un lugar recreativo bastante agradable y hasta recomendable diría yo. Pero, eso sí, nada fue gratis.

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EXISTES REALMENTE ?